En casi todas las empresas hay una frase que se repite como un ritual silencioso. No está en los manuales, no aparece en los correos formales, pero todos la reconocen de inmediato:
“¿Cómo vas?”
Dos palabras simples. Aparentemente inofensivas. Pero dentro del mundo laboral, esa pregunta puede significar muchas cosas a la vez.
Para algunos, es solo una forma rápida de mostrar interés. Para otros, es una alerta temprana. Y para muchos colaboradores, es una frase que genera más interpretación que información.
El “¿cómo vas?” rara vez busca una respuesta detallada. No espera un reporte completo ni un análisis profundo. En la práctica, suele ser una pregunta que mide ritmo, estado y control. Es una forma indirecta de confirmar si todo sigue bajo control… o si algo se está desviando.
En culturas empresariales tradicionales, esta pregunta cumple una función clara:
👉 verificar avance sin entrar en detalles.
👉 recordar que alguien está observando.
👉 marcar presencia jerárquica.
El problema aparece cuando el “¿cómo vas?” se convierte en un sustituto de una comunicación real. Cuando no hay objetivos claros, fechas definidas o feedback concreto, esa pregunta deja al colaborador interpretando:
¿Voy bien? ¿Voy lento? ¿Esperaban más? ¿Esperaban otra cosa?
Ahí es donde una frase simple empieza a generar fricción silenciosa.
Desde el lado del liderazgo, el “¿cómo vas?” puede ser una herramienta útil… si viene acompañada de contexto. No es lo mismo preguntar eso cuando los objetivos están claros, que hacerlo cuando todo es ambiguo. En el primer caso, refuerza seguimiento. En el segundo, genera ansiedad.
Y desde el lado del equipo, aprender a responder también es clave. Una buena respuesta no es solo “bien” o “avanzando”, sino una frase breve que devuelva claridad:
“Voy en un 70%, hoy cierro esto y mañana continúo con lo siguiente.”
Así, la pregunta deja de ser un interrogante incómodo y se convierte en un punto de alineación.
Al final, el clásico “¿cómo vas?” no es el problema.
El problema es cuando reemplaza a la planificación, al liderazgo claro y al feedback real.
Porque en una empresa sana, nadie debería adivinar cómo va.
Debería saberlo.